Cuento | ¿En qué piensas cuándo abandonas un muerto?


Por: Maumy G. (*)

La observo cepillarse el cabello. Parada frente al espejo, desnuda, como si no le importara dónde está.

—Es eso —digo, sabiendo que no podrá escucharme—, no te importa.

Ella detiene el cepillo. Mira hacia la ventana. Pero sólo puede ver oscuridad y tal vez, si mira bien, los faroles de la calle. Si presta la debida atención, también podría escuchar el crujido de una botella que se rompe y un silbido que se aleja.

—No hay nadie —dice, quizás pensando en voz alta.

Yo también pienso en voz alta. Aunque en este recién adquirido estado no tiene sentido. Lo único que queda de mi es esta sustancia parecida a un hálito, una voz que no es mi voz, y el cuerpo sobre la cama, que ya no es mío.

Ahora se viste. Puedo escuchar, potenciado a un nivel insoportable, el susurro de la tela. No me importa que se mueva pero el roce me enloquece. Al fin se sienta, apartando una mano, mi mano. Todavía falta para que el rigor mortis se apodere de esos dedos. Mientras ella se calza los zapatos veo mis propios ojos vidriosos. Ni siquiera se ha tomado la molestia de cerrarlos.

—¿Qué piensas hacer con el cuerpo? —le pregunto. La veo hacer un gesto, duro, fugaz, como si me hubiera escuchado. Vuelvo a observarme, despatarrado, con esa expresión estúpida de sorpresa.

Ella se levanta. Comienza el ritual obsceno de recoger nuestras cosas. Pone especial cuidado en guardar mi ropa y la billetera dentro de una bolsa negra. Me sorprende que la haya llevado en su minúscula cartera todo el tiempo. Supongo que la prolijidad es parte del proceso. Como lo fue la cena. Aunque fui yo quien sugirió la salida. En estos dos meses siempre fui yo el que insistió, o creyó insistir. Sólo cuando quise ir a mi departamento ella se negó. Debí sospechar pero no lo hice. Ahora no importa. Ella había dicho que prefería ir a un hotel. Al más barato que encontrara. Uno en el que hubiese putas. Deseaba experimentar ser poseída en un lugar sórdido, que sus gemidos se mezclaran con los gritos pagados de las otras. 

No tuvo que esperar. Apenas entramos a la habitación escuchamos a una mujer que chillaba. Dame, dame más, decía y ella enloqueció. Dejo de ser la que había conocido. Me cabalgó sin contemplaciones, con una lujuria que la hacía temblar. Una vulva caníbal. Nunca había experimentado nada parecido. Llegué al clímax con la sensación de que moriría. Y así fue. Entonces cambié de plano, sin que ocurriera nada más que un desprendimiento inocuo. Nada de túneles. Nada de luces. Ella, simplemente, se levantó. Me dejó ahí, tirado, y se fue a dar una larga ducha. El inició de su proceso de asepsia. Se sacó mis marcas como quien fuma un habano. 

Ahora repasa las superficies con un pañuelo. Una, dos, tres veces...

—Sabes lo que haces —le digo al oído. El efecto es devastador. Ella salta, se acurruca contra una esquina de la habitación. Veo a través de sus ojos un abismo. Es consciente de que estoy aquí.

—Estás muerto —dice. El rostro blanco. Y una arruga que aletea sobre sus cejas. Me le acerco. Tiembla. Sus ojos desorbitados tienen la gracia de los condenados. La besaría sino supiera que es un gesto inútil. Torturarla me parece más viable, es la única sensación que me reconforta. 

—¿Por qué me mataste? —le digo. ¿Importa acaso? No sé. Quizás es tan inútil como besarla pero quiero saberlo.

Ella prefiere quedarse inclinada sobre el suelo. Moja la alfombra con sus lágrimas, en silencio, quieta. No recuerdo haberla visto tan vulnerable. Quizás se esté preguntando si la voz que escucha no es más que una invención alucinada. 

—Tengo que irme —dice. Se levanta de golpe. Agarra la cartera, la bolsa y va hasta la puerta. 

—¿En qué piensas cuándo abandonas un muerto? —le susurro al oído, antes de que abra. Ella aprieta el picaporte. Se nota que trata de mantenerse en pie, con el equilibrio inseguro de quien no puede respirar. Balbucea una despedida. Sale. Yo me deslizo, arrastrando el hálito, tras ella. Al pasar junto a la cama observo, por última vez, mi piel cerúlea, mis labios medio abiertos. Restos. Nada que reclamar. Tras la puerta me tropiezo con la oscuridad del pasillo. Ella no está. Hace frío, demasiado. No me importa. Puedo seguir su aroma en el abismo, aunque ya no tenga olfato.


(*) Este relato breve fue publicado originalmente en AquaVioleta bajo el título El observador. Corregí el texto y lo subí, con sus modificaciones, a la red Falsaria. Los invito a votarlo ahí.